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Había una vez un niño llamado Ivo que cuidaba mucho sus cosas. Entre ellas tenía un reloj pequeño, cuyo tictac lo acompañaba mientras dibujaba junto a la ventana.
El reloj de Ivo se detenía siempre a las seis. Su familia pensaba que estaba roto. Ivo lo llevó al relojero, quien escuchó el mecanismo y sonrió.
A las seis, el reloj no marcaba un número: marcaba una pausa. Durante cinco minutos nadie debía correr ni pedir nada. La casa se llenaba de respiraciones y luz.
Ivo dejó de darle cuerda para obligarlo a seguir. Aprendió a cuidar aquella hora quieta incluso cuando el reloj volvía a andar.



