Adaptación nueva y suavizada de un cuento clásico.
Entre viñedos y senderos de tierra vivía un zorro al que le gustaba probar las frutas de cada estación. Algunas tardes recorría el campo buscando algo rico para merendar.
Al final de una tarde cálida, un zorro pasó junto a una parra. Entre las hojas colgaba un racimo de uvas oscuras. La luz les daba un brillo suave y el zorro imaginó lo dulces que estarían. Se acercó, levantó el hocico y estiró el cuello. Las uvas quedaban muy por encima de su nariz.
Tomó impulso y saltó. Sus patas apenas rozaron una hoja. Probó desde el otro lado, donde el terreno estaba un poco más alto. Tampoco llegó. El racimo se balanceaba con el viento, cerca a la vista y lejos para sus patas. El zorro empezó a sentirse molesto.
Después de varios intentos se sentó a descansar. Un gorrión se había posado en una rama. El zorro notó que lo miraba y dijo en voz alta: —Seguro que están verdes. No las quería de todas formas. Dio media vuelta, como si hubiera decidido marcharse desde el principio.
Sin embargo, unos pasos más allá se detuvo. No había probado ni una sola uva. ¿Cómo podía saber su sabor? Había querido alcanzarlas, y mucho. Lo que le disgustaba no era el racimo, sino no haber podido conseguirlo. Miró de nuevo la parra. Las uvas seguían siendo las mismas. Solo había cambiado su ánimo.
El gorrión voló hasta una cerca próxima. —No he llegado —admitió el zorro, ahora sin levantar la voz—. Y eso me ha dado rabia. Decirlo no bajó la rama, pero le quitó las ganas de discutir con las uvas. Podía marcharse sin inventar que eran malas.
Siguió su camino hasta la fuente y bebió agua fresca. Más tarde cenó en casa lo que había preparado aquella mañana. Antes de dormir recordó el racimo. Quizá otro día encontraría uvas a su alcance; quizá no. Se acomodó sobre su manta y dejó escapar un suspiro. No conseguir algo podía entristecerlo un rato, pero no tenía que convertir esa tristeza en una mentira.



