Adaptación nueva y suavizada de un cuento clásico.
Había una vez una liebre y una tortuga que eran vecinas junto al río. Las dos disfrutaban de los paseos, aunque una prefería correr y la otra observar cada rincón del camino.
La liebre saltaba de piedra en piedra junto al río. La tortuga avanzaba por el sendero, despacio y mirando dónde ponía las patas. —A ese paso no llegarás nunca al prado —dijo la liebre. La tortuga levantó la cabeza. Sí llegaría, aunque necesitara más tiempo. Propuso hacer una carrera hasta el castaño.
El búho señaló el camino. No había que cruzar el río ni trepar a las rocas: bastaba con seguir el sendero. Las dos se colocaron junto a una flor azul. Al escuchar la salida, la liebre corrió. En pocos saltos dejó atrás el pequeño puente. La tortuga dio su primer paso, después otro y después otro.
La liebre miró hacia atrás y apenas distinguió a su compañera. Tenía tanta ventaja que decidió tumbarse bajo un árbol. Cerraría los ojos solo un momento. El viento estaba fresco y la hierba parecía una almohada. Sin darse cuenta, se quedó dormida.
La tortuga siguió andando. Se detuvo a beber en una fuente y luego continuó. No intentó dar saltos como la liebre. Sus patas eran diferentes y conocía su propio ritmo. Cuando pasó junto al árbol, vio a la liebre dormida. No hizo ruido. El sendero daba una curva y, al otro lado, aparecía el castaño.
Un pájaro cantó y despertó a la liebre. Abrió los ojos, se levantó de un salto y corrió hacia la meta. Pero la tortuga ya estaba allí, descansando junto al búho. La liebre se quedó callada. Había confiado tanto en su velocidad que se había olvidado de terminar la carrera.
—No debí burlarme de tus pasos —dijo al fin. La tortuga aceptó sus disculpas. Volvieron juntas hasta el puente, esta vez sin competir. La liebre descubrió flores que no había visto al pasar corriendo. La tortuga le enseñó una hoja con forma de corazón. Al despedirse, las dos tenían sueño y una buena historia que contar.



