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Adaptación nueva y suavizada de un cuento clásico.
Había una vez tres hermanos cerditos que habían crecido entre huertos y caminos de tierra. Se querían mucho, aunque cada uno tenía una manera distinta de hacer las cosas.
Tres cerditos decidieron construir sus casas cerca del manzano donde habían jugado de pequeños. El primero eligió paja porque podía llevarla en grandes montones. El segundo prefirió ramas, que olían a bosque. El tercero escogió ladrillos y pidió prestada una carretilla para transportarlos.
La casa de paja estuvo lista antes de comer. La de ramas, al atardecer. El tercer cerdito seguía colocando ladrillos cuando sus hermanos fueron a buscarlo. —Todavía me falta el tejado —dijo. Ellos le acercaron agua y se quedaron un rato sujetando una tabla.
A la mañana siguiente apareció un lobo que quería adueñarse del manzano. Se plantó ante la casa de paja y pidió que el cerdito se marchara. Como este no quiso, el lobo sopló con fuerza. La paja salió volando. El cerdito corrió a casa de su hermano, que abrió enseguida.
El lobo llegó a la casa de ramas. Soplando y empujando, consiguió que la pared se inclinara. Los dos cerditos salieron por detrás y alcanzaron la casa de ladrillos. Su hermano los dejó entrar y cerró la puerta. Dentro olía a sopa y a madera recién cortada.
El lobo sopló una vez. Después otra. Las paredes no se movieron. Se sentó a descansar y miró la chimenea, pero era estrecha y tenía una rejilla. No había manera de entrar por allí. Los cerditos, mientras tanto, llamaron a sus vecinos desde una ventana.
Llegaron un burro, una cabra y la dueña del huerto. Le explicaron al lobo que no podía romper casas ni quedarse con un árbol que cuidaban otros. El lobo recogió las ramas que había tirado y se fue por el camino, demasiado cansado para discutir.
Los hermanos pasaron la noche en la casa de ladrillos. Al día siguiente recogieron la paja para hacer camas de jardín y eligieron las ramas que todavía servían. Decidieron construir dos casas nuevas con cimientos firmes. Esta vez trabajaron juntos desde el primer ladrillo.
No terminaron en una tarde. Hubo que medir, esperar y corregir una ventana torcida. Pero también hubo canciones y meriendas bajo el manzano. Cuando las tres casas estuvieron listas, hicieron una mesa larga para el jardín. Allí cenaban muchas noches, aunque cada uno tuviera ya su propia puerta.



