☾ Lunacuento

El patito feo

3-5 años · 3 min · aprox. · Adaptación
El patito feo

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Adaptación nueva y suavizada de un cuento clásico.

Había una vez una pata que había preparado un nido entre los juncos. Cada mañana acomodaba las plumas y esperaba, con mucha paciencia, la llegada de sus pequeños.

En un nido junto al estanque se abrieron cinco huevos pequeños y, un día después, uno mucho más grande. Del último salió un polluelo gris, con patas largas y un pico diferente. Los otros patitos lo miraron sorprendidos. Algunos animales del corral lo llamaron feo. Aquella palabra le dolía, aunque no entendía qué había hecho mal.

Su madre lo llevó al agua y vio que nadaba muy bien. —Aquí hay sitio para ti —le dijo. Pero las burlas continuaron cuando ella no estaba cerca. El polluelo decidió buscar otro lugar. Se despidió del estanque y caminó entre los juncos, siguiendo el sonido de un arroyo.

Encontró una granja donde una gallina y un gato le preguntaron qué sabía hacer. No ponía huevos ni ronroneaba. Sabía nadar, pero allí no había estanque. La granjera le dio agua y un rincón para descansar. Aun así, él echaba de menos el espacio abierto y el movimiento del agua.

Cuando llegó el frío, un jardinero lo encontró junto a un lago helado y le preparó un refugio seco. El polluelo pasó allí los días más duros. Comía, descansaba y miraba por una rendija cómo la nieve cambiaba el jardín. El jardinero nunca le pidió que fuera más pequeño, más amarillo ni más parecido a otro pájaro.

En primavera volvió al lago. Sus alas habían crecido y sus plumas ya no eran grises. Vio acercarse a varios cisnes blancos y bajó la cabeza, temiendo que también se rieran. Pero uno de ellos dejó espacio a su lado. —¿Vienes a nadar? —preguntó.

Al mirar el agua, el joven descubrió su reflejo: era un cisne. No se había convertido en un pato bonito. Siempre había sido un ave distinta de las del primer nido, aunque todavía no lo supiera.

Nadó con los cisnes hasta una orilla llena de flores. Le gustó reconocer algo de sí mismo en sus compañeros. También recordó al jardinero, que lo había cuidado cuando seguía gris y despeinado. El cariño no había esperado a que cambiara sus plumas.

Días después visitó el antiguo estanque. Su madre lo reconoció por la manera de inclinar la cabeza. Se quedaron juntos al sol. Esta vez, cuando un polluelo distinto se acercó a la orilla, el cisne se apartó un poco y le dejó sitio en el agua.

Un ratito para conversar

¿Y tú qué piensas?

  1. ¿Por qué el polluelo se sentía diferente?
  2. ¿Quién lo cuidó durante el frío?
  3. ¿Necesitó tener plumas blancas para recibir cariño?