Había una vez una princesa pequeña llamada Alba que vivía en un castillo con un jardín de lavanda. Su lugar favorito era un banco junto a la cocina. Allí su abuela le contaba un cuento cada tarde, arropada en una manta azul que tenía una luna bordada en una esquina.
Una noche, Alba llevó un libro al banco y no encontró la manta. Miró debajo del asiento, detrás de una maceta y dentro de la cesta de los cojines. Nada. La abuela aún estaba terminando de cenar. Alba decidió buscar un poco más para tenerlo todo preparado cuando llegara.
En el pasillo encontró un trocito de lana azul. Lo siguió hasta la puerta del jardín, donde el gato dormía sobre un cojín. —¿Has visto mi manta? —susurró. El gato abrió un ojo y volvió a cerrarlo. No parecía dispuesto a investigar. Alba sonrió y siguió andando de puntillas.
Junto al limonero descubrió la manta. El jardinero la había tendido sobre unas cajas para proteger del frío unas plantas pequeñas. No sabía que Alba la necesitaba. —Puedo buscar otra cosa —le dijo—. Estas hojas todavía son muy delicadas. La princesa tocó con un dedo una hoja suave y pensó un momento.
Fue al cobertizo con el jardinero. Encontraron una tela grande que servía para cubrir las macetas. Entre los dos la colocaron con cuidado, dejando espacio para que las plantas no quedaran aplastadas. Después sacudieron la manta azul y Alba la llevó de vuelta al banco. La luna bordada había recogido una hojita de lavanda.
Su abuela ya la esperaba. Alba contó la aventura antes de abrir el libro. Había tardado un poco, pero ahora también las plantas estaban preparadas para la noche. Se sentaron muy juntas, con la manta sobre las rodillas. Al tercer bostezo, la abuela puso un dedo entre las páginas. Podían guardar el resto del cuento para mañana.
Alba llevó la manta a su cama y dejó la hojita de lavanda junto a la ventana. El jardín estaba silencioso. Se acomodó bajo la luna bordada, cerró los ojos y pensó en las pequeñas plantas, abrigadas como ella.



