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Había una vez un ratón llamado Milo que vivía cerca de una estación muy especial. Era tan pequeña que, desde una ventana, los humanos la confundían con un juguete abandonado.
Cada noche, Milo conducía un tren pequeño alrededor del jardín. Sus vagones eran cáscaras de nuez y las vías pasaban entre macetas. Transportaba a los insectos que regresaban tarde a casa. A las doce cerraba la estación, guardaba su gorra y se iba a dormir dentro de una bota.
Aquella noche subieron dos escarabajos, una hormiga con un paquete y una oruga que no llevaba billete. Milo le preguntó adónde iba. La oruga miró las macetas desde el andén. —A mi hoja —respondió. No sabía el nombre de la planta ni recordaba por qué camino había llegado.
El ratón consultó su mapa. Había muchísimas hojas. Le pidió que describiera la suya. La oruga dijo que era ancha, suave por debajo y que olía fuerte cuando llovía. Milo pensó en la salvia, situada al final de la línea. Le reservó un asiento junto a la ventana.
Los escarabajos bajaron en el rosal. La hormiga se apeó junto al limonero, sujetando bien su paquete. El tren siguió hasta la salvia. La oruga se asomó, pero negó con la cabeza. Aquellas hojas eran demasiado pequeñas. Milo apagó el silbato para no despertar a los vecinos.
Revisaron el mapa bajo una farola. Fuera de la línea había una maceta de geranios. Sus hojas eran grandes y olían al tocarlas. El tren no podía llegar hasta allí, porque las vías terminaban. Milo dejó los vagones en la estación y acompañó a la oruga a pie.
Caminaron muy despacio. La oruga se detuvo ante una hoja con un agujerito redondo. —¡Mi ventana! —exclamó. Subió por el tallo y encontró el rincón donde había dormido la noche anterior. Milo esperó abajo hasta verla acomodada.
Al volver a la estación, el ratón añadió los geranios a su mapa. Dibujó una pequeña senda desde el final de las vías y escribió: último tramo andando. Luego guardó el lápiz y se quitó la gorra.
Dentro de su bota, Milo oyó el jardín en silencio. Había cerrado un poco más tarde, pero todos estaban en casa. Al día siguiente no cambiaría la hora del tren. Pondría un cartel con dibujos de las plantas, para que cada pasajero pudiera señalar su destino antes de subir.



