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En una calle tranquila había una panadería con una ventana redonda. Su dueño, el erizo Simón, conocía a los vecinos por el pan que elegían y siempre recordaba sus nombres.
Simón abría su panadería cuando los demás cerraban las cortinas. Los vecinos que trabajaban de noche encontraban allí pan caliente y una silla. Para la fiesta del observatorio, el erizo había prometido una bandeja de galletas con forma de estrella. Tenía harina, mantequilla y un molde nuevo.
Amasó despacio y cortó doce estrellas. Pero al levantarlas, una punta se quedó pegada a la mesa. Luego ocurrió lo mismo con otra galleta. Simón espolvoreó más harina, probó otra vez y terminó con tres estrellas enteras y nueve figuras que parecían calcetines.
—El cielo no tiene calcetines —murmuró. La lechuza del observatorio llegó a recoger el pedido. Al ver la mesa, se quitó las gafas para mirar mejor. Simón le enseñó las tres estrellas bonitas y escondió las demás bajo un paño.
La lechuza levantó una esquina del paño. —Esta parece una estrella fugaz —dijo, señalando una galleta alargada. Otra le recordó una luna pequeña. Y la que Simón había considerado peor parecía exactamente el cometa que observaban aquella semana.
El erizo las puso en la bandeja, separadas para que no se tocaran. Mientras se horneaban, la lechuza dibujó un cielo en un papel grande. No todas las luces eran iguales: unas tenían cola, otras parecían puntos y algunas formaban grupos con nombres extraños.
Simón sacó las galletas cuando los bordes estuvieron dorados. Olían igual de bien las perfectas y las torcidas. Esperó a que enfriaran y las colocó sobre el dibujo, cada una en su lugar. Con las migas hizo un camino de polvo estelar.
En el observatorio pusieron la bandeja junto a la ventana. Cada visitante eligió una figura y buscó algo parecido allá arriba. Una niña encontró una galleta que parecía una bota. Nadie supo señalar una bota en el cielo, así que la niña inventó una constelación entre cuatro estrellas.
Simón guardó su molde nuevo. También guardó un poquito de masa para la siguiente noche. Cuando cerró la panadería, miró arriba y buscó la bota. Creyó verla cerca de la luna. Después apagó la luz y se fue a dormir, con olor a mantequilla en las manos.



