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En una bahía de aguas azules vivía Mara, una ballena que conocía cada corriente del puerto. Al caer la tarde le gustaba mirar la luz del faro, donde trabajaba su amiga Inés.
Cuando pasó la tormenta, el faro seguía en su roca, pero su lámpara había caído al agua. Desde el muelle, la farera Inés veía acercarse la niebla. Antes de la noche regresarían tres barcas, y sin luz podrían confundir la entrada del puerto con las rocas del cabo.
Mara, una ballena que conocía aquella costa, encontró la lámpara entre las algas. La empujó suavemente hasta la orilla. Inés la recogió, limpió el cristal y comprobó que todavía funcionaba. El problema era la escalera del faro: el viento había arrancado sus peldaños. No podían volver a subirla.
—Podría llevar la luz sobre mi espalda —propuso Mara. Inés miró el mar. La idea serviría si la ballena permanecía quieta, cerca de la entrada del puerto. Pero una lámpara suelta podía resbalar, y su haz tenía que girar para que las barcas lo reconocieran.
En el muelle vivía un cangrejo llamado Timo. Mientras todos discutían cuerdas y tablones, él examinó la base de la lámpara. Tenía una rueda diminuta, casi escondida bajo una costra de sal. —Esto lo puedo arreglar yo —dijo. Nadie lo oyó al principio. Timo golpeó una concha contra el cubo de Inés hasta que ella se agachó.
La farera construyó una plataforma de corcho con una barandilla y la sujetó a un arnés ancho. Mara probó a sumergirse un poquito. El corcho flotaba y el arnés no le apretaba. Inés revisó los nudos uno por uno. Timo, entretanto, quitó la sal de la rueda con una espina de pescado.
Al hacerla girar, el espejo de la lámpara dio una vuelta completa. Timo aplaudió con las pinzas. Inés encendió la luz y señaló una boya. Mara nadó hasta ella con tanta suavidad que el cangrejo apenas sintió el movimiento. Desde la playa, la farera levantó los brazos: la altura era suficiente.
Timo empezó a girar la rueda. Una vuelta, una pausa, otra vuelta. El haz barría el agua oscura. Mara necesitaba respirar y se movía un poco cada vez que lo hacía. El primer intento salió torcido: la luz iluminó las nubes. —Avísame antes —pidió Timo. Así pudo esperar a que su amiga terminara de respirar.

La primera barca apareció como una sombra. Respondió con un destello y dobló hacia el muelle. La segunda tardó más. Timo ya tenía las pinzas cansadas cuando vio su farol balancearse en la niebla. Inés hizo sonar la campana desde tierra. Dos barcas estaban a salvo; faltaba una.
Mara conocía a la última tripulación. Solía detenerse junto a una cala donde descansaban las focas. Quiso ir a buscarla, pero recordó que las otras barcas habían encontrado el puerto porque la luz no cambiaba de sitio. Se quedó junto a la boya. Timo siguió girando despacio, contando las pausas.
Por fin llegó una respuesta: tres destellos cortos. La tercera barca avanzó hacia ellos y pasó al lado de Mara. Un marinero se quitó el gorro. La ballena levantó apenas una aleta, procurando no sacudir su pequeño faro. En el muelle, Inés esperó a que todos desembarcaran antes de apagar la lámpara.
A la mañana siguiente comenzaron a reparar la escalera. Mara y Timo descansaron en una cala, uno sobre una piedra y la otra flotando cerca. —Tienes una espalda estupenda —dijo Timo. —Y tú unas pinzas muy pacientes —respondió Mara. Cuando el faro volvió a encenderse, los dos estaban dormidos. Su luz pasó despacio sobre el agua, como una manta que no pesaba nada.



