En una estación construida sobre una colina vivía Timo, un tren pequeño que llevaba nubes de un valle a otro. Los trenes grandes corrían deprisa, pero Timo avanzaba con un suave chu-cu, chu-cu. Por eso pensaba que siempre llegaba tarde.
En la estación le entregaron un mapa con tres puentes dibujados. —El campo está después del molino —explicó la jefa de estación—. No necesitamos una carrera; necesitamos que la nube llegue entera. Timo miró el vapor que salía de su chimenea y prometió cuidar a su pasajera.
Una mañana recibió la tarea de llevar una nube de lluvia a un campo muy seco. Salió antes del amanecer. En el camino vio un pueblo sin campanas, un lago donde dormían los cisnes y una familia que esperaba el primer tren para visitar a su abuela.
Al acercarse al primer puente, el viento empujó la nube hacia un lado. Timo frenó suavemente y esperó junto a una montaña. Si hubiera pasado a toda velocidad, la nube habría dejado parte de su agua sobre las rocas. Cuando volvió la calma, continuaron juntos.
En la parada del lago, la familia subió al vagón de madera. La abuela vivía precisamente junto al campo seco. Una niña señaló el mapa: el camino más corto terminaba en un túnel demasiado bajo para la nube. Con ayuda de todos, Timo eligió la vía que rodeaba la colina.
Ya cerca del molino, Timo apagó su silbato para no despertar a los animales. Los viajeros bajaron y saludaron a la abuela, que tenía una jarra vacía junto al pozo. Entonces la nube se estiró sobre los surcos como una manta. Habían llegado antes de que anocheciera.
Timo se detuvo un momento en cada lugar. La nube no se quejó. Al llegar al campo, la lluvia cayó despacio y alcanzó cada planta. El trigo se inclinó como si saludara.
Desde entonces Timo dejó de compararse con los trenes veloces. Había paisajes que solo podían verse desde una ventana tranquila. Y algunas nubes necesitaban viajar despacio para llegar justo donde hacían falta.



